Mi nombre es Gabriel Aúz y soy educador social especializado en conductas adictivas, y lo soy porque desde niño me inculcaron que los problemas que había en mi entorno, también eran mis problemas.
Y que si yo tenía algo que aportar para resolverlos, no hacerlo era una irresponsabilidad.
Mi barrio ofrecía grandes oportunidades para aprender a resolver problemas: un barrio obrero en una ciudad industrial en la Galicia de los años ’80, asolada por el paro y la heroína.
Mi familia me aportó dos grandes pilares en los que apoyarme.
Me dieron mi vocación social y mi afición por el deporte y la cultura.
El deporte y la cultura me dieron algo a lo que aferrarme.
La vocación social un sentido.
Dos buenos pilares en los que apoyarme para salir adelante.
Pero hicieron falta más pilares, porque los problemas aumentaron.
No me fue bien en el colegio.
No me bastaba con vivir en un barrio de mierda, lleno de problemas sociales de primer orden. Además, el colegio tenía que ser otro problema.
Es difícil explicar qué pasó exactamente. Supongo que un montó de cosas, pero me empezó a ir mal en los estudios y el colegio se convirtió en un lugar hostil.
Por suerte tenía un puñado de cosas importantes como:
- Un montón de historias apasionantes que me mostraban otros mundos.
- El deporte, que me dio la idea del esfuerzo, la superación, el trabajo en equipo.
- La idea de que es posible cambiar tu vida si el entorno cambia. (Luego descubrí que un científico había llegado a la misma conclusión experimentando con ratones). Esta idea la aplico hoy a todos mis programas.
- Mozo (por no decir mula) de carga.
- Portero de bar de copas.
- Vendedor de enciclopedias.
- Reponedor en grandes superficies.
- Hice hasta de Papá Noel y de rey mago.
- Otro montón de trabajos infames.
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Cada persona tiene sus razones
Desde que era niño, a las personas adultas de mi entorno les sorprendía mi capacidad para escuchar las historias de otras personas.
Cuando estaban conmigo algo les impulsaba a hablar, a comunicarse conmigo de forma honesta, a contarme sus preocupaciones y sus problemas.
Y, aunque a veces me abrumaba por informaciones que sobrepasaban a la capacidad de un niño, me sentía privilegiado por estar conectado a otras personas, por la confianza que depositaban en mí.
La clave, ahora lo sé, estaba en que nunca juzgaba.
Prestaba atención, guardaba la historia en mí, y no juzgaba.
Tan sólo trataba de comprender las razones detrás de lo que me contaban.
Cuanto más crecía, más parecía potenciarse eso.
Y así sigo: nunca juzgo a las personas. Todas tienen sus razones.
A día de hoy no es raro que alguien me diga, al poco de conocerme, cosas como “Madre mía, no te conozco de nada y te he contado mi vida, cosas que muy poca gente sabe”.
El sentimiento de conexión, de confianza, que se genera cuando esto pasa es tan potente para mí, que he terminado buscando un oficio en el que esta “habilidad” resulta fundamental.
Crecí en un tiempo y un lugar que presentaba muchos problemas sociales y eso hizo que mi sensibilidad ante ellos fuera muy alta.
Tanto que, aunque de joven tuve diferentes oficios, lo social estaba muy presente en mi vida, aunque no me dedicara directamente a ello.
Creatividad
Tuve la gran suerte de criarme en una familia con una gran sensibilidad para el arte y la cultura.
Mis padres se esforzaron en inculcarme estos valores, además de la responsabilidad social. En mi casa, cosas como la música, la literatura, la pintura, el cine… estaban siempre presentes, de una manera natural.
Mi padre cantaba, pintaba, hacía fotografías para prensa, tocaba la guitarra… Mi madre era una gran lectora, amante del cine.
A mí y a mis hermanos nos parecía que aquello era tan normal como respirar.
En ese entorno, las historias que escuchaba a las personas adultas que tenía cerca, encajaban perfectamente en las que encontraba dentro de los libros, las películas o las canciones.
Así que desde niño, sentí la necesidad de expresarme. Cantaba, escribía, inventaba historias…
Esto me llevó a otros caminos profesionales, relacionados con el mundo de la creatividad y la escena.
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